Tuesday, October 04, 2005

Acerca de los premios literarios


El escritor al que le ha tocado en suerte habitar en los arrabales de esta aldea global organizada para provecho de pocos y perjuicio de muchos, antes de comenzar a cuestionarse sobre el valor de los premios literarios debería preguntarse acerca de la utilidad de la literatura. Ese sería el punto de partida para entrar en las tradicionales discusiones bizantinas acerca de este asunto de obstinaciones, perseverancias y tenacidades al que lo conduce la simple necesidad de comunicarse con los otros a través de la palabra escrita.
Porque él se ha empecinado en hacer literatura en estos contextos poco propicios donde ni las clases sociales ni la mayoría de sus representantes parecen preocuparse demasiado por la difusión de lo producido por una intelectualidad que opera desde el anonimato, y ya debe haber comprendido que la literatura, como producto social, no detenta otro poder que el de esclarecer los tiempos de la búsqueda; el de legar al prójimo las armas necesarias para enfrentar a la desesperanza.
Claro está que siempre se puede citar a Juan José Saer: es únicamente a través de la lectura que el lenguaje (…) encuentra su historicidad. Entonces entra en escena el libro. El libro como inapreciable objeto de desvelo; como último, íntimo e insustituible contacto con el lector. Un objeto al que se accede a través de esa entelequia, esa especie en vías de extinción a la que solía conocerse con el nombre de editorial.
Y solamente quien escribe desde una realidad social, histórica y cultural donde lo que queda de ellas ostenta la ignominia de sus indiscretas bancarrotas porque han sido arrasadas, engullidas, inmoladas en aras de los famosos meganombres que monopolizaron la actividad hasta transformarlas en mal enmascarados talleres gráficos y desde donde sobre - mueren en la deprimente vergüenza de vender al mejor postor sus más caros principios fundacionales, puede dar testimonio de que el acceso a la publicación depende de un poder adquisitivo privilegiado, que le permita, financieramente, hacerse cargo de los gastos. Circunstancia que no garantiza la calidad intelectual del producto ni el valor cultural del mensaje pero que, además, ni siquiera asegura una adecuada difusión de la obra.
Según Felipe Noé: el arte (…) siempre ha sido un fruto de la relación del artista con lo circundante, con su tiempo, con su lugar, un testimonio de esa relación y el fruto de esta relación. Por tanto, ante estos enlaces poco propicios, es lógico que el creador se aferre a los premios literarios como estímulo a su desvalido quehacer, pero también como promesa de acceso a la publicación. Y cuando decimos premios literarios estamos haciendo referencia a los que han sido creados por motivos de política cultural y sin espíritu de lucro, porque es, generalmente, en ellos, donde se logran incorporar mecanismos de deliberación nada tendenciosos y el jurado puede actuar con plena libertad e independencia, haciéndose cargo, en cierta forma, de un patrocinio que desvanece parcialmente la orfandad, todo lo que de oculto y de secreto rodea a las obras iniciáticas, ayudando a dar a luz ediciones modestas y semi – clandestinas en el cumplimiento de una función tutelar que haga posible, siquiera a unos pocos, el acceso a su lectura.
Rosa Montero cree que: Escribir es un trabajo muy neurótico, estás siempre rodeando una especie de agujero, que es la nada, el sin sentido absoluto de lo que haces, y nunca llegas a tener la confirmación plena de que lo que haces sirve para algo. Por ello, es indudable que los premios literarios sirven, en los comienzos, como aliciente, como amable lisonja, como afectuosa palmadita en la espalda, como impulso a perseverar en la búsqueda de ese lenguaje común capaz de hermanarnos y, más adelante, como recompensa, como reconocimiento a toda una vida dedicada a la escritura. Momento clave en que el descubrimiento debiera darnos alcance para comprender que escribir nunca fue una manera de ganarnos la vida sino la única forma válida para no morir.
Si así lo aceptara, el escritor no caería en la trampa de andar peregrinando por los caminos de la incertidumbre sometiendo cada creación literaria a periódicas evaluaciones. Y solamente participaría en certámenes cuando estuviera convencido de la transparencia de la organización y confiado en la ecuanimidad de los jurados.
Por ello, la mayoría de los que eligen exiliarse de la prepotencia, el cinismo y la megalomanía de aquellos que reparten los dudosos galardones con que suelen premiarse mediocridades y modas, los marginados de los círculos literarios oficiales, reniegan de los premios comerciales, de los premios editoriales y prefieren aquellos otros que, desde una atmósfera más proba y más discreta promueven algunas instituciones cuya integridad no presenta fisuras.
De todos modos, es probable que los premios literarios sean sólo un invento de algún irónico demiurgo capaz de regodearse en la paciencia con que el tiempo derrota todo resto de arrogancia o, mejor todavía, no sean nada más que una colina desde donde avizorar, avergonzados, nuestros desnudos y mezquinos horizontes preguntándonos acerca de esta absurda necesidad de ser reconocidos.

Norma Segades - Manias

Acerca del silencio


“El tiempo lava y desenvuelve, ordena y continúa.
Y entonces, ¿qué queda de las pequeñas podredumbres, de las pequeñas conspiraciones del silencio, de los pequeños fríos sucios de la hostilidad?
Nada. Y en la casa de la poesía no permanece nada sino lo que fue escrito con sangre para ser escuchado por la sangre.” Pablo Neruda

Algunos escritores, los que elegimos por necesidad espiritual entrar en comunión con los demás a través del testimonio de nuestra vida interior, de nuestras emociones, de nuestros pensamientos, nos sentimos más que preocupados ante la génesis de un nuevo siglo que enarbola el “sálvese quién pueda” como estandarte de lucha, pero, al mismo tiempo, tampoco podemos renunciar a nuestra ciudadanía como habitantes de este realismo que, si bien guarda relación con algunas peculiaridades latinoamericanas, no resulta para nada mágico.
Ocurre que hace ya mucho tiempo que hablamos, advertimos, denunciamos, reflexionamos en voz alta acerca de las patéticas animosidades presentes dentro del ámbito literario y que bien podrían constituirse en objeto de un estudio psico-sociológico de la peligrosa mentalidad impuesta en un territorio que debiera ser ejemplo de apertura y libertad de expresión, sin que nadie nos escuche. Y quienes todavía nos atrevemos a pensar la literatura como identidad cultural, como proyecto político y no como un mezquino combate por lograr la ocupación de mínimos territorios de letra impresa, debemos enfrentarnos a lo incomprensible de la soledad, del silencio, de la marginación. Momentos, ínfimas fracciones de tiempo, furtivos instantes en que se nos torna posible escuchar el eco de nuestras propias palabras clamando en un desierto muchísimo más vasto de lo que habíamos imaginado.
Ocurre que el atroz individualismo al que adhiere actualmente nuestra sociedad no es otra cosa que la cara visible de una crisis humanística que atañe a todos. Una crisis que atraviesa todos los estratos, todos los niveles, todas las áreas. Una crisis que, a no dudarlo, también pasa por la literatura. Porque, en definitiva, somos lo que escribimos, somos lo que decimos, somos lo que pensamos. Somos la obra que producimos. Somos contenido y continente. Aunque esta afirmación pueda despertar controversias.
Ocurre que, si bien entendemos que, tal como decía Alexis de Tocqueville, al hombre moderno le aterroriza ser rechazado e ignorado; pero, más que nada, ser ignorado; si bien comprendemos que el drama actual del ser humano, incluidos los escritores, pasa por etapas de desesperada búsqueda de protagonismo ante la mirada de un estado que hace ya demasiado tiempo viene representando a las mil maravillas el rol de la ausencia, sobre todo en lo que atañe a su compromiso con la cultura, no podemos justificar, desde un silencio cómplice, que se continúe propiciando la exigüidad de miras o la falta de seriedad selectiva como estrategia para avalar publicaciones representativas de nuestro nivel intelectual.
Ocurre que todos conocemos la existencia de una mediocridad social, conducida por la orfandad o la intemperie de alfabetos, donde la gente suele debatirse entre la hipocresía, el envilecimiento y la corrupción, porque este es el panorama que nos asalta asiduamente desde los titulares mediáticos. Pero, al parecer, intentamos negarnos a la existencia de una mediocridad latente entre los intelectuales. Tal vez porque sabemos que esta es una mediocridad mucho más cercana de los oscuros resentimientos personales, de la animosidad contra sus contemporáneos, de las pequeñas conspiraciones del silencio, de los pequeños fríos sucios de la hostilidad, al decir de Neruda.
¿De qué otra manera definir sino lo que nos pasa? Toda esta evidencia geográfica ostentando una sintomatología avanzada de exacerbada egolatría, de mezquindades desembozadas, de irresponsable individualismo, de discursos vacuos donde se declama que el ser humano está en crisis como si esta circunstancia estuviera fuera de nosotros, como si habláramos, leyéramos, analizáramos acerca de algo ajeno a nuestra realidad, a nuestra cotidianidad, a nuestra existencia. Todo esto que nos sucede y que nos obliga a cuestionarnos acerca del silenciamiento de ciertas voces contemporáneas tal y como si se tratara solamente de la expresión objetiva del ejercicio de una mentalidad aldeana, inquisitorial, castradora; de la clásica actitud tribal de rechazo y marginación para aquellos a quienes sentimos diferentes o pueden representar una amenaza para la comunidad, como bien lo señala el chileno Elías Vera Alvarez en su ensayo sobre la obra de Isabel Allende. Pero es evidente que no tenemos las respuestas, que solamente pensamos que está en nosotros continuar permitiendo, o no, que algunos iluminados pretendan imponer la dictadura de escuelas literarias con las que se sienten más cómodos, en detrimento de la obra de sus pares. Porque el límite entre establecer una opinión de valores intelectuales u oficiar una crítica literaria seria y la censura inquisidora o la persecución lisa y llana es tan delgado que, en no pocas ocasiones, ninguno de sus salvoconductos suelen servir como acceso a los terrenos del intelecto.
Ahora bien, lo que estamos defendiendo no es otra cosa que el respeto por la diversidad, por la libre elección, por la tolerancia a la que todo ciudadano tiene derecho, pero también estamos hablando de la irresponsabilidad, de la falta de seriedad con que los funcionarios de turno, en su estrechez de miras, menosprecian la importancia que tienen los proyectos que ellos mismos avalan; también estamos señalando la inscripción de esos proyectos en contextos de total aceptación por parte de instituciones cuyo deber es fortalecer los principios antes mencionados como parte intrínseca del rol social que les compete y también estamos denunciando el ominoso silencio que rodea la clandestinidad de este accionar antidemocrático avalado por intereses individuales, pero entendiendo que eso ya guarda estrecha relación con la conciencia de cada uno de los involucrados.
Porque no debemos olvidar que somos hijos de nuestra infancia, de nuestra adolescencia, del medio de donde provenimos, del hogar en que nos educamos, de nuestras personales circunstancias, del status, del grito; somos hijos de nosotros mismos. Pero, si fuera cierto aquello de que – como decía Jaime Barylko- somos lo que estamos siendo mientras hacemos: ¿podríamos sentirnos satisfechos de nosotros mismos?, ¿mirarnos a los ojos sin avergonzarnos?, ¿sentirnos en paz con nuestras conciencias? ¿ entender, al fin, que nuestros coterráneos, que tantas envidias y pasiones bajas producen en colegas, amigos, enemigos y en ese personal paraliterario que ronda los ambientes letrados y que está poblado por la prolífica especie de la mediocridad no reclaman otro homenaje que la lectura de su obra o la opinión responsable e inteligente que la misma merezca? Quizás nos convendría dejar de creer que sabemos tanto, dejar de intelectualizar tanto, para comenzar a amar, para comenzar a ser.
Y aunque aquellos que, además, trabajamos como educadores, hemos aprendido demasiado bien que la repetición no significa alcanzar la verdad, ni siquiera significa respetarla y que a través de su ejercicio sólo se experimenta el automatismo, no podemos evitar pensar que, tal vez, debiéramos escribir cien veces esta cita de Octavio Paz,“La poesía es una de las formas de que dispone el hombre moderno para decir no a todos esos poderes que, no contentos con disponer de nuestras vidas, también quieren nuestras conciencias”. Y hacerlo hasta memorizarla, hasta entender que quienes trabajamos para la esteticidad no podemos permitirnos estas desprolijidades éticas que tienen tanto que ver con un ejercicio auténtico de la responsabilidad, no sólo como compromiso con quienes cohabitan el presente sino con la mirada analítica de la posteridad.
Porque, si cada mordaza destinada a silenciar el pensamiento no es más que el reflejo de las debilidades y flaquezas que nos identifican como comunidad, nuestra mediocridad radicaría en no haber entendido que toda confabulación, todo ocultamiento, toda hostilidad es solamente hojarasca transitoria que se pudre o que se lleva el viento, porque lo único verdadero y permanente es la obra que dejamos. Y porque, finalmente, nuestra generación será juzgada por ella.
Norma Segades - Manias

Acerca de la lectura


“…no hay peor violencia cultural que el embrutecimiento que se produce cuando no se lee.”
Mempo Giardinelli

El vergonzoso producto cultural reproducido por la televisión a través de sus programas de mayor audiencia expone sin ambigüedades la media cultural argentina a los ojos del mundo. Resulta evidente que, en alguna encrucijada del camino, el país prefirió abandonar su protagonismo lector para aceptar el rol de espectador cómplice sentenciado a legitimar, desde una confortable y mullida platea, toda la ignorancia, la chatura, la vehemente inmediatez por donde transita sus cotidianidades la mayoría de la población. Un tiempo histórico en el que aceptó convertirse en este engendro constituido por altas dosis de impertinencia, desconcierto, ignorancia, descuido, improvisación, oportunismo, inmoralidad, piratería e indiscreciones mediáticas. Y, a la sazón, el que una vez fue el ejemplo latinoamericano, abandonó su actuación de patria entregada a la maravillosa posibilidad del conocimiento, de la evolución, del desarrollo intelectual que aporta la lectura.
Y la lectura es salvífica, bienhechora, libertaria. Muchos escritores de renombre están en condiciones de brindar testimonio sobre su redención intelectual por misericordia de la ilustración, el equilibrio, la espiritualidad, la presencia y permanencia de los clásicos en lejanos rituales de lectura que no solamente los engrandecieron, sino que los dignificaron.
Por eso, basta con prestar atención a la expresión corriente, a los giros habituales, al vocabulario popular, para percibir que el idioma se encuentra en clara situación de riesgo por la ausencia de modelos textuales. Ante cualquier sondeo de opinión, ante cualquier demanda de respuesta precisa, queda al descubierto el desamparo, el aislamiento, la incomunicación en los que ha naufragado la normativa lingüística.
Ocurre que la decadencia engendrada en la falta de paradigmas lectores entorpece, obstaculiza el crecimiento, la evolución, el desarrollo personal y social; favorece las improvisaciones y permite que se extienda la ineficiencia, el oscurantismo, la incapacidad de suscribir a una línea de pensamiento inspirada en idearios claros y estrategias específicas.
Entonces, resulta imperioso priorizar la lectura como bien social; como escenario propicio para batallar por la reconquista de la observancia, el aprecio, el respeto por un idioma prestigiado como el nuestro; como territorio legado donde resulte posible reconstruir las históricas alianzas rubricadas entre los libros y la inteligencia, o como continente renovado donde la población pueda atreverse a asumir la conciencia de sus actos en la modificación de conductas negligentes que consintieron el latrocinio educativo pero, sobre todo, como espacio conveniente para comenzar a tensar la urdimbre de un nuevo tejido social desde los reivindicativos telares del pensamiento.
Y en este punto de ruptura, de desgarramiento social o resquebrajamiento cultural al que se arriba por falta de responsabilidad en el cumplimiento de cada función, representación o mandato, parece imprescindible detenerse a reflexionar, a realizar un profundo examen de conciencia que revele los pecados de despreocupación, imprevisión o negligencia que permitieron la inmovilidad, la irresolución de la crisis educativa que hoy agobia a un país aparentemente sumido en el cansancio y la impotencia, pero obstinadamente aferrado a la esperanza.
Quizás haya llegado la hora del compromiso social, intelectual y político. La hora de un compromiso que comience a distanciarse de los acostumbrados discursos declamatorios para aproximarse a proyectos verdaderos, a empresas conjuntas, a programas pensados, a misiones realizables.
Lo humano no consiste en decir sino en hacer. Del hacer es de donde nace el compromiso. Porque, como dice Albert Camus, “es vano llorar por el espíritu; basta con trabajar con él.”

Norma Segades - Manias