Tuesday, October 04, 2005

Acerca del silencio


“El tiempo lava y desenvuelve, ordena y continúa.
Y entonces, ¿qué queda de las pequeñas podredumbres, de las pequeñas conspiraciones del silencio, de los pequeños fríos sucios de la hostilidad?
Nada. Y en la casa de la poesía no permanece nada sino lo que fue escrito con sangre para ser escuchado por la sangre.” Pablo Neruda

Algunos escritores, los que elegimos por necesidad espiritual entrar en comunión con los demás a través del testimonio de nuestra vida interior, de nuestras emociones, de nuestros pensamientos, nos sentimos más que preocupados ante la génesis de un nuevo siglo que enarbola el “sálvese quién pueda” como estandarte de lucha, pero, al mismo tiempo, tampoco podemos renunciar a nuestra ciudadanía como habitantes de este realismo que, si bien guarda relación con algunas peculiaridades latinoamericanas, no resulta para nada mágico.
Ocurre que hace ya mucho tiempo que hablamos, advertimos, denunciamos, reflexionamos en voz alta acerca de las patéticas animosidades presentes dentro del ámbito literario y que bien podrían constituirse en objeto de un estudio psico-sociológico de la peligrosa mentalidad impuesta en un territorio que debiera ser ejemplo de apertura y libertad de expresión, sin que nadie nos escuche. Y quienes todavía nos atrevemos a pensar la literatura como identidad cultural, como proyecto político y no como un mezquino combate por lograr la ocupación de mínimos territorios de letra impresa, debemos enfrentarnos a lo incomprensible de la soledad, del silencio, de la marginación. Momentos, ínfimas fracciones de tiempo, furtivos instantes en que se nos torna posible escuchar el eco de nuestras propias palabras clamando en un desierto muchísimo más vasto de lo que habíamos imaginado.
Ocurre que el atroz individualismo al que adhiere actualmente nuestra sociedad no es otra cosa que la cara visible de una crisis humanística que atañe a todos. Una crisis que atraviesa todos los estratos, todos los niveles, todas las áreas. Una crisis que, a no dudarlo, también pasa por la literatura. Porque, en definitiva, somos lo que escribimos, somos lo que decimos, somos lo que pensamos. Somos la obra que producimos. Somos contenido y continente. Aunque esta afirmación pueda despertar controversias.
Ocurre que, si bien entendemos que, tal como decía Alexis de Tocqueville, al hombre moderno le aterroriza ser rechazado e ignorado; pero, más que nada, ser ignorado; si bien comprendemos que el drama actual del ser humano, incluidos los escritores, pasa por etapas de desesperada búsqueda de protagonismo ante la mirada de un estado que hace ya demasiado tiempo viene representando a las mil maravillas el rol de la ausencia, sobre todo en lo que atañe a su compromiso con la cultura, no podemos justificar, desde un silencio cómplice, que se continúe propiciando la exigüidad de miras o la falta de seriedad selectiva como estrategia para avalar publicaciones representativas de nuestro nivel intelectual.
Ocurre que todos conocemos la existencia de una mediocridad social, conducida por la orfandad o la intemperie de alfabetos, donde la gente suele debatirse entre la hipocresía, el envilecimiento y la corrupción, porque este es el panorama que nos asalta asiduamente desde los titulares mediáticos. Pero, al parecer, intentamos negarnos a la existencia de una mediocridad latente entre los intelectuales. Tal vez porque sabemos que esta es una mediocridad mucho más cercana de los oscuros resentimientos personales, de la animosidad contra sus contemporáneos, de las pequeñas conspiraciones del silencio, de los pequeños fríos sucios de la hostilidad, al decir de Neruda.
¿De qué otra manera definir sino lo que nos pasa? Toda esta evidencia geográfica ostentando una sintomatología avanzada de exacerbada egolatría, de mezquindades desembozadas, de irresponsable individualismo, de discursos vacuos donde se declama que el ser humano está en crisis como si esta circunstancia estuviera fuera de nosotros, como si habláramos, leyéramos, analizáramos acerca de algo ajeno a nuestra realidad, a nuestra cotidianidad, a nuestra existencia. Todo esto que nos sucede y que nos obliga a cuestionarnos acerca del silenciamiento de ciertas voces contemporáneas tal y como si se tratara solamente de la expresión objetiva del ejercicio de una mentalidad aldeana, inquisitorial, castradora; de la clásica actitud tribal de rechazo y marginación para aquellos a quienes sentimos diferentes o pueden representar una amenaza para la comunidad, como bien lo señala el chileno Elías Vera Alvarez en su ensayo sobre la obra de Isabel Allende. Pero es evidente que no tenemos las respuestas, que solamente pensamos que está en nosotros continuar permitiendo, o no, que algunos iluminados pretendan imponer la dictadura de escuelas literarias con las que se sienten más cómodos, en detrimento de la obra de sus pares. Porque el límite entre establecer una opinión de valores intelectuales u oficiar una crítica literaria seria y la censura inquisidora o la persecución lisa y llana es tan delgado que, en no pocas ocasiones, ninguno de sus salvoconductos suelen servir como acceso a los terrenos del intelecto.
Ahora bien, lo que estamos defendiendo no es otra cosa que el respeto por la diversidad, por la libre elección, por la tolerancia a la que todo ciudadano tiene derecho, pero también estamos hablando de la irresponsabilidad, de la falta de seriedad con que los funcionarios de turno, en su estrechez de miras, menosprecian la importancia que tienen los proyectos que ellos mismos avalan; también estamos señalando la inscripción de esos proyectos en contextos de total aceptación por parte de instituciones cuyo deber es fortalecer los principios antes mencionados como parte intrínseca del rol social que les compete y también estamos denunciando el ominoso silencio que rodea la clandestinidad de este accionar antidemocrático avalado por intereses individuales, pero entendiendo que eso ya guarda estrecha relación con la conciencia de cada uno de los involucrados.
Porque no debemos olvidar que somos hijos de nuestra infancia, de nuestra adolescencia, del medio de donde provenimos, del hogar en que nos educamos, de nuestras personales circunstancias, del status, del grito; somos hijos de nosotros mismos. Pero, si fuera cierto aquello de que – como decía Jaime Barylko- somos lo que estamos siendo mientras hacemos: ¿podríamos sentirnos satisfechos de nosotros mismos?, ¿mirarnos a los ojos sin avergonzarnos?, ¿sentirnos en paz con nuestras conciencias? ¿ entender, al fin, que nuestros coterráneos, que tantas envidias y pasiones bajas producen en colegas, amigos, enemigos y en ese personal paraliterario que ronda los ambientes letrados y que está poblado por la prolífica especie de la mediocridad no reclaman otro homenaje que la lectura de su obra o la opinión responsable e inteligente que la misma merezca? Quizás nos convendría dejar de creer que sabemos tanto, dejar de intelectualizar tanto, para comenzar a amar, para comenzar a ser.
Y aunque aquellos que, además, trabajamos como educadores, hemos aprendido demasiado bien que la repetición no significa alcanzar la verdad, ni siquiera significa respetarla y que a través de su ejercicio sólo se experimenta el automatismo, no podemos evitar pensar que, tal vez, debiéramos escribir cien veces esta cita de Octavio Paz,“La poesía es una de las formas de que dispone el hombre moderno para decir no a todos esos poderes que, no contentos con disponer de nuestras vidas, también quieren nuestras conciencias”. Y hacerlo hasta memorizarla, hasta entender que quienes trabajamos para la esteticidad no podemos permitirnos estas desprolijidades éticas que tienen tanto que ver con un ejercicio auténtico de la responsabilidad, no sólo como compromiso con quienes cohabitan el presente sino con la mirada analítica de la posteridad.
Porque, si cada mordaza destinada a silenciar el pensamiento no es más que el reflejo de las debilidades y flaquezas que nos identifican como comunidad, nuestra mediocridad radicaría en no haber entendido que toda confabulación, todo ocultamiento, toda hostilidad es solamente hojarasca transitoria que se pudre o que se lleva el viento, porque lo único verdadero y permanente es la obra que dejamos. Y porque, finalmente, nuestra generación será juzgada por ella.
Norma Segades - Manias

2 Comments:

Blogger Dario said...

Dario, de Santa Rosa La Pampa. Me agrada la idea de recalcar el compromiso con nuestra obra, como idea de lo que permanece. Es alentador.

10:05 PM  
Blogger XAVIER DUARTE ARTIGAS said...

PARA NORMA SEGADES: ESTO ES UN APASIONADO ENSAYO SOBRE LA SOCIEDAD CONTEMPORÁNEA DEL CONOCIMIENTO. TOCAS DONDE DUELE Y POR ELLO ESTE MANIFIESTO DEBERÍA SER LEÍDO EN LAS SOCIEDADES EN LAS CUALES SE REÚNEN LOS QUE ESCRIBEN.
SOMOS NORMA, LO QUE PENSAMOS Y QUÉ POCO PENSAMOS Y CUANDO PENSAMOS LO HACEMOS MAL, A CAUSA DE NUESTRA IMPERICIA, A QUE HEMOS OLVIDADO NUESTRA VULNERABLE CONDICIÓN HUMANA.
UN ABRAZO DE XAVIER.

1:52 AM  

Post a Comment

<< Home